Álvaro Enrigue

Álvaro Enrigue Soler (Guadalajara, Jalisco, 6 de agosto de 1969) es un escritor mexicano. Su novela Muerte súbita fue galardonada con el Premio Herralde 2013. Enrigue fue el cuarto escritor mexicano que ganó el premio, después de Sergio Pitol (1984), Juan Villoro (2004) y Daniel Sada (2008).[1]

Álvaro Enrigue
Información personal
Nombre de nacimiento Álvaro Enrigue Soler
Nacimiento 6 de agosto de 1969
Guadalajara, Jalisco
MéxicoMéxico
Nacionalidad Mexicana
Lengua materna Español
Familia
Cónyuge Valeria Luiselli
Información profesional
Ocupación Escritor
Años activo 1996-actualidad
Movimiento Literatura posmoderna
Lengua literaria Español
Géneros Novela, cuento, ensayo
Obras notables Muerte súbita, Hipotermia, La muerte de un instalador.
Distinciones Premio Joaquín Mortiz de primera novela, Premio Herralde de Novela 2013, Premio Ciudad de Barcelona de literatura en lengua castellana 2013, Premio Iberoamericano de novela Elena Poniatowska 2014

. . . Álvaro Enrigue . . .

Hijo de Jorge Enrigue, abogado jalisciense y de María Luisa Soler, química de profesión, refugiada republicana barcelonesa, fue el menor de cuatro hermanos (entre ellos el también escritor Jordi Soler). Poco después de su nacimiento, la familia emigró, por cuestiones laborales del padre, a la ciudad de México.[2]

Estudió la licenciatura en Periodismo en la Universidad Iberoamericana, donde después trabajó como profesor de literatura.

Muy joven, comenzó su carrera como editor y columnista en distintas revistas culturales, entre ellas Vuelta, fundada y dirigida por Octavio Paz, y más tarde Letras Libres. Posteriormente, fue editor del Fondo de Cultura Económica y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA).

Su primer libro, La muerte de un instalador, fue publicado en 1996, cuando contaba con veintisiete años.

A la par de su labor como escritor, se ha desempeñado como profesor de escritura creativa en varias universidades de los Estados Unidos, como la de Columbia, Princeton y Maryland; en esta última realizó igualmente un doctorado en letras latinoamericanas.

Su obra ha sido traducida, entre otras lenguas, al inglés, alemán, francés, checo y chino.

Primera novela del autor donde se narra la historia de Sebastián Vaca, un artista plástico que queda atrapado en una espiral de decadencia debido al capricho de Aristóteles Brumell, coleccionista de arte millonario que decide arruinar la vida de este instalador.[3]

Ambos personajes se conocen en circunstancias grotescas: frente al cadáver de un hombre que ha caído al vacío y cuyo nombre, para nada gratuito, es Simón “El Utopista” Bolívar. Los dos hombres intercambian sus primeras palabras. Sebastián sabe que Aristóteles es un hombre con poder en el mundo del arte, pero no tiene idea de que el heredero se considera también a sí mismo un artista; tampoco sabe que él mismo está a punto de convertirse en una de las obras de este psicópata adinerado y hedonista.[4]

Situando al lector en una posición de morbo, Enrigue muestra a Aristóteles, el modelo perfecto de este estilo de vida y que traza un plan magistral para utilizar a Vaca como obra misma, tras decidir que su trabajo como autor no funciona. Una vez que lo ha dejado en la calle, sin mujer y sin hogar, Aristóteles acoge a Sebastián en su mansión, lugar dónde este espera seguir produciendo arte cómodamente. Sin embargo, este es el inicio de su fin. La mansión Brumell-Villaseñor se torna poco a poco en un agujero negro donde la vida de Sebastián se retuerce de manera cruenta pero finamente narrada por el autor. ¿Hasta dónde es capaz de llegar Aristóteles Brumell? Esta duda crece conforme el libro avanza y los planes del heredero se complejizan de maneras casi ridículas.

A lo largo de la novela, se revela el plan de este cazador, que se concreta entre secretos y sobornos, y con la ayuda de distintos personajes que completan el cuadro de la vida sibarita de Aristóteles y que evidencian la corrupción que domina las altas esferas del poder en México.

La tensión envuelve a la obra desde un inicio, acelerando el ritmo hasta culminar en una narración de velocidades vertiginosas, paralelas a la total deshumanización y muerte de Sebastián, cuyo cadáver es expuesto en una galería y profanado, satisfaciendo de esta manera el capricho de Aristóteles.

Desde una perspectiva formal, la prosa de Álvaro Enrigue avanza sin tropiezos, construyendo la trama a través de los constantes cambios de narrador: algunas veces, una voz omnisciente; en otras desde una primera persona en la que Aristóteles relata, confiesa y reflexiona cínicamente sobre sus acciones y sobre su víctima; es gracias a este recurso que el lector es colocado en un papel de cómplice. La narración, ágil y rápida, remite a la vida de la metrópoli en donde tiene lugar la acción.

El tema central de la obra es el mundo del arte, desarrollando especialmente las relaciones enfermizas que pueden darse en este, como la relación entre los dos protagonistas, la cual es analizada desde el llamado humor negro, que permite la parodia como un ejercicio de reflexión y, por lo tanto, de crítica hacia el mundo artístico, hacia sus protagonistas, artistas y coleccionistas, caracterizados todos siguiendo estereotipos.[3]

. . . Álvaro Enrigue . . .

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